QUE
ESPERA JESUS DE LOS CATOLICOS
La responsabilidad de los miembros de la Iglesia
fundada por Jesucristo.
Jesús un día cuenta una parábola que hoy día
se conoce como "la parábola de los talentos".
(Mateo 25, 14-30) En esa parábola Jesús cuenta de
un hombre que dio cinco talentos a uno de sus
sirvientes, al segundo le dio dos y al tercero,
solamente uno.
El que recibió cinco talentos
los pudo invertir y sacó otros cinco. El que
recibió dos los invirtió y sacó otros dos, pero
el que recibió solo uno lo guardó, en vez de
invertirlo.
Jesús dice que cuando el hombre
regresó y pidió cuenta a sus sirvientes, se dio
cuenta de que al que le había dado un talento no
había producido absolutamente nada. Entonces dijo:
"Quítenle, pues, el
talento y entréguenselo al que tiene diez. Porque
al que produce se le dará y tendrá en abundancia,
pero al que no produce se le quitará hasta
lo que tiene." (Mateo 25, 14-29)
El ser miembros de la Iglesia que
fundó Jesús es, sin lugar a dudas, un tremendo
privilegio. Sabemos que estamos en la iglesia que,
bajo la dirección del Espíritu Santo, enseña las
verdades que encierran las enseñanzas de Jesús.
Verdades que son esenciales para nuestra salvación.
Pero, el ser miembros de la
Iglesia que Jesús funda también nos da una
responsabilidad muy grande y esto es: llevar a
Jesús y a su iglesia hasta los confines de la
tierra; es decir, a todo el mundo.
Dicen que un día un católico,
al ver tanta violencia en el mundo, tantos abusos,
tanta maldad, tantos niños muriendo de hambre,
tantos ancianos maltratados, tanto odio y tanta
muerte, levanto sus ojos al cielo y dijo: "Señor,
si eres tan bueno, ¿por qué no haces algo para
cambiar el mundo?" En su oración, aquel hombre
sintió que Dios le hablaba y le decía: "Yo he
hecho algo. Yo te he hecho a ti."
La Biblia nos habla de que un
día Pedro y Juan se dirigían al templo a orar. Al
llegar cerca de la entrada se encontraron con un
hombre inválido que les pedía limosna. De seguro
que aquel hombre estaba sucio y mal oliente. Pedro
se le queda mirando y le dice:
"No tengo oro ni plata, pero
lo que tengo, te lo doy: por el nombre de Jesucristo
de Nazaret, camina." (Hechos 3, 5-6)
Nos dice la Biblia que aquel
hombre que no tenía esperanza de una vida mejor,
aquel hombre que todo lo que sabía hacer era pedir
limosna al mundo para buscar así la manera de
suplir sus necesidades, de pronto se pone de pie y
entra junto con Pedro y Juan al templo, alabando y
bendiciendo a Dios.
El mundo está lleno de gente
inválida, gente que no sabe o no quiere caminar en
el camino que de la vida que es Jesucristo. Esta
gente se ha caído en el camino. Esta gente se ha
dado por vencida en su caminar con Jesús. Muchos de
ellos, ni siquiera han empezado a caminar.
Por eso piden limosnas al mundo.
El drogadicto que pide limosnas a la droga para
tener un poquito de felicidad. El alcohólico que
pide limosnas al alcohol para tener un poco de paz y
de seguridad propia. Todos son como el inválido que
pedía limosna a la orilla del camino.
¡Cuántos limosneros existen en
este mundo! La muchacha que da su cuerpo porque
quiere ser popular. Quedando muchas veces embarazada,
para después ir al médico para que elimine la
criatura que tiene en su vientre. El muchacho que
busca como dar su cuerpo porque le han enseñado que
eso es ser macho de verdad.
¡Cuántos padres que en vez de
guiar a sus hijos se convierten en sus cómplices!
¡Cuántos hombres adúlteros, cuántos homosexuales
que abiertamente dan mal ejemplo a los más jóvenes!
¡Cuántos no conoceremos, tanto
hombres como mujeres, que pasan horas delante de una
computadora, tratando de satisfacer sus deseos
sexuales, con la pornografía!
¡Cuántos limosneros, Dios santo!
¡Cuántas personas apartadas de tí! ¡Cuántos
hombres y mujeres que han cambiado su fe por la
santería, o por el espiritismo o por el "New
Age"(Nueva Era)! ¡Cuánta gente
descarriada en el mundo! ¡Cuánta gente que adoran
dioses falsos, en vez de adorar al único y
verdadero Dios!
"Oro ni plata tengo, pero lo
que tengo te lo doy: ¡Jesucristo! y en su nombre yo
te digo: ¡Levántate!"
Si hay algo que el mundo necesita
escuchar, hoy más que nunca, es lo que el inválido
escuchó de los labios de Pedro y Juan.
Jesús nos ha dado el privilegio
de ser católicos para nuestro bien y salvación y
para el bien y salvación de todo el mundo.
La Biblia nos dice que el jueves
en que Jesús celebraba la Pascua con sus
discípulos (la noche antes de su crucifixión),
Jesús se levantó mientras cenaban, se quitó el
manto, se ató una toalla a la cintura y echó agua
en un recipiente. Luego se puso a lavarle los pies a
sus discípulos y se los secaba con la toalla.
Cuando terminó de lavarles los
pies les dijo: "¿Entienden lo que he
hecho con ustedes? Ustedes me llaman: el Maestro y
el Señor. Y dicen verdad, pues lo soy. Si yo,
siendo el Señor y el Maestro, les he lavado los
pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a
otros." (Juan 13, 4-14)
Un día leí un pensamiento que
decía: "Guía, sigue, o quítate del camino".
Como miembros de la iglesia fundada por Jesucristo,
tenemos la obligación de seguir las enseñanzas de
Jesús que recibimos a través de su Santa Iglesia.
Enseñanzas que son como talentos,
que nos edifican en santidad y nos ayudan a ser como
el Maestro.
Pero de poco nos sirvieran esas
enseñanzas si no las usamos para dirigir, en el
nombre de Jesucristo, a todos
los que andan por el mundo
inválidos, porque por una u otra razón no pueden
caminar en el camino que es Jesús y lo que El
enseña.
Dicen que una vez un hombre se
dio cuenta de la necesidad que tenían los hombres y
mujeres de esta tierra de cambiar y de comenzar a
vivir como Dios nos manda. Pero se dio cuenta de que
él no podía cambiar el mundo. Por lo tanto,
decidió cambiar él primero para así poder cambiar
el mundo.
Sólo siguiendo a Jesucristo
vamos a poder cambiar nosotros. Sólo siguiendo a
Jesús, dejaremos la doble vida que muchas veces nos
caracteriza a nosotros los cristianos y comenzaremos
a dar testimonio de que Jesucristo verdaderamente
vive y que con él vive la iglesia que él fundó,
la cual estableció sobre la persona de Pedro y de
los demás apóstoles para que un día llegáramos
al puerto seguro que es el cielo.
Sólo viviendo a imitación de
Jesucristo es que vamos a tener credibilidad ante el
mundo y si el mundo comienza a ver que
verdaderamente somos discípulos de Jesús, el mundo
un día va a creer en él.
La decisión es nuestra.
Aprovechemos los talentos que Jesucristo nos ha dado
al concedernos el privilegio de conocerlo en la
única Iglesia que él fundó en esta tierra y que
usando todos los talentos que él nos ha dado, lo
proclamemos Señor.
Entonces, la promesa que Dios
hace a través de San Pablo se hará un día
realidad.
En ese día, "ante el
nombre de Jesús, todos se arrodillarán en
los cielos, en la tierra y entre los muertos, y
toda lengua proclamará que Cristo Jesús es
Señor para gloria de Dios Padre."(Filipenses
2, 10-11)
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